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Capítulo Cinco

En el cual Luca y Félix

conocen a una leyenda

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abían pasado algunas semanas desde el encuentro con Diego, y Luca poco a poco se iba recuperando de la desagradable sensación que le había dejado. Era la semana de exámenes finales en el colegio, y los estudiantes esperaban con ansia las vacaciones.

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Aunque Luca había vuelto a practicar con sus compañeros después de clases, Félix, en su rol como réferi, notaba que su prima parecía titubeante, su confianza disminuida. No estaba ganando con tanta frecuencia como antes. De hecho, se encontraba en una racha de derrotas, sucumbiendo ante los nervios en la mitad de sus luchas.

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La hoja de puntuación que usaban los niños y el premio para el vencedor: dulces Toficos y una revista de lucha libre norteamericana.

Luca también estaba evitando asistir a las luchas semanales en el gimnasio de Angélico o de encontrarse con el Señor Angélico para preguntarle sobre la máscara, a pesar de que Félix lo había sugerido en un par de ocasiones. —Creo que mejor voy a estudiar —había sido su respuesta.

 

Félix, que era mucho más aplicado en la escuela que ella, se había sorprendido, y pronto dedujo que su prima simplemente trataba de evitar a Diego, lo cual le causó enojo. Diego no tenía derecho de meterse con la pasión de su prima de ese modo. Pero el joven zorro decidió no decir nada, esperando que Luca se recuperara eventualmente, y mientras tanto, se dedicó a ayudarle a estudiar.

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El viernes del último examen, por la tarde, sus padres los premiaron llevándolos a su taquería favorita: un pequeño puesto cerca del Teatro Juárez, atendido por su dueño, un bulldog gruñón llamado Anselmo. El delicioso olor de los guisados podía apreciarse a leguas.

Toda la familia vino: Luca, Félix, sus padres y hermanos, y por supuesto, su abuela. Mientras comían, el padre de Luca se acercó a los niños con una pícara sonrisa.

Mientras comían, el papá de Luca se inclinó hacia ellos con una sonrisa pícara. —Ey, niños, olvidé decirles algo sobre esta tarde —dijo sonriendo de oreja a oreja.

—¿Qué cosa, papá? —preguntó Luca emocionada, su boca llena de taco. Los niños (cinco en total: Luca, su hermano, su hermana, Félix y el hermano de Félix) miraron al padre de Luca con mucha expectativa, sus rostros expresando el cansancio de los exámenes, pero también la emoción de las vacaciones y de la sorpresa que el padre de Luca les tenía guardada.

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Del bolsillo de su pantalón, el padre de Luca sacó un puñado de boletos. Luca y Félix los reconocieron de inmediato: eran para el espectáculo de lucha del viernes en el gimnasio ubicado en la parte trasera de Deportes Angélico. 

Los rostros de los jóvenes zorros se iluminaron. Nunca habían tenido boletos propiamente, pues siempre se colaban a los eventos y tenían que cuidarse de no ser sorprendidos. Todos los niños echaron porras de emoción. Luca tomó los boletos para mirarlos más de cerca, sintiendo la magia que emanaba de ellos.

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Al acercarse al gimnasio, notaron que estaba mucho más lleno de gente de lo normal, pues la cola para entrar casi le daba la vuelta a la calle. Cuando por fin pudieron entrar, había sillas plegables en todas partes, y la barrera que separaba al público del ring estaba mucho más cerca que de costumbre. El público rugía de emoción. Luca se preguntó qué tendría de especial el evento de aquella noche.

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La familia de zorros tomó sus asientos en primera fila, conversando con emoción. Martín Angélico, dueño de la tienda y el gimnasio, salió de las cortinas con un pequeño megáfono en la mano. El público se hizo aún más ruidoso al notarlo, continuando el barullo mientras Martín subía al ring por los escalones metálicos en la esquina.

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—¡Damas y caballeros! —anunció de inmediato, con un tono cordial, sin esperar a que el ruido bajara por completo—. ¡Esta noche tenemos una sorpresa para ustedes! Es muy, muy especial esta noche, sin duda. Un invitado especial nos acompaña… —continuó, y la audiencia guardó silencio con este anuncio—. Lo que muchos de ustedes escucharon es verdad. Tenemos aquí, para una presentación de una sola noche, al único e incomparable ¡Ciclón McCool!

El público rugió. Luca y Félix se miraron el uno al otro radiantes de felicidad y boquiabiertos de sorpresa. No sólo tenían boletos verdaderos para una pelea verdadera por la primera vez en sus vidas… ¡iban a ver al mismísimo Ciclón, la maravilla enmascarada, en persona! Era mejor que cualquier cosa que pudieran haber soñado, y confirmación de las sospechas de Luca. ¡Sí había sido Don Angélico el creador de la máscara del Ciclón!

—Pero primero, damas y caballeros —continuó Angélic0—, ¡una lucha de tercias de la liga semiprofesional de Guanajuato!

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Luca se preguntó por qué los "chicos malos" siempre vestían de negro.

Diego salió al escenario con sus compañeros, recibiendo un gran aplauso del público. El joven caballo, disfrutando cada momento, bajó la rampa improvisada lentamente, los brazos estirados para chocar manos con la multitud de personas intentando tocarlo. El padre de Luca incitó a su hija y a Félix a que hicieran lo mismo, y Luca, no habiendo dicho nada a su familia sobre su encuentro con Diego unas semanas antes, le estiró la pata de mala gana.


Diego hizo contacto visual con Luca cuando se encontraba a tan sólo unos pasos de ella. Al notarla, dejó de saludar a los espectadores y alzó los brazos de modo triunfal. Echando la cabeza hacia atrás de modo dramático, entró al ring con un gran salto sobre las cuerdas. Luca entornó lo ojos ante ese acto de desprecio, pero se sintió avergonzada por dentro.

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La lucha como tal fue espléndida, con Diego obteniendo la victoria de la nada en la tercera caída, obligando a su oponente a rendirse con su llave más conocida, “la de a caballo”. La campana sonó para indicar la victoria, y Martín Angélico levantó orgullosamente el brazo de su hijo mientras lo felicitaba a él y a sus compañeros en el micrófono.


El resto de las luchas programadas sucedieron una tras otra a gran velocidad, y antes de que Luca se diera cuenta, Don Angélico estaba de vuelta en el ring, caminando de un lado a otro entusiasmando al público.


 —Damas y caballeros, es mi gran orgullo dar la bienvenida a un luchador legendario a nuestro ring esta noche. Recién llegado después de una épica lucha en la capital, ¡por favor acompáñenme en darle la bienvenida al Ciclón McCool! —El gimnasio explotó en vítores el momento en que el veterano salió corriendo al escenario y se dirigió al ring en su estilo habitual.

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Luca quedó maravillada al observar la técnica del Ciclón. Era cierto que el veterano ya tenía sus años, y que no era quizá tan ágil como en su juventud, pero su movilidad y técnica de llaveo seguían siendo impecables. Su modo de entretener y captivar al público era también incomparable, y derrotó con facilidad a su oponente sin dejar de entretener al público con su característico toque de humor.

Mientras el Ciclón disfrutaba la adoración del público y gentilmente ayudaba a su oponente derrotado a ponerse de pie, Don Angélico anunció que habría una recepción donde los presentes podrían saludarlo y conocerlo, y donde sería posible darle la mano y obtener fotografías autografiadas del ídolo.

Luca no podía creer su triple suerte.

 

—¡Papá, papá! —suplicó—. ¿Podemos pedirle autógrafos?

 

El Señor O’Reilly, que sentía un gran alivio de ver a su hija tan encantada después de lo que había parecido una eternidad de mal humor, estaba a punto de decir que sí cuando percibió la mirada reprobadora de su esposa.

 

—Es un poco tarde para que los niños anden fuera —dijo la Señora Morales de O’Reilly, aunque era plenamente de día afuera—. ¿No sería prudente regresar a casa?

 

—Cariño —contestó el Señor O’Reilly—, es viernes y los niños terminaron con sus exámenes. ¡Empiezan las vacaciones! ¿Seguramente podemos hacer una excepción?

 

—¡Sí, por favor! ¿Podemos, podemos? —suplicaron Luca y Félix, al darse cuenta nerviosamente que la cola para ver al Ciclón crecía imposiblemente larga con cada segundo que pasaba.

 

—Está bien —dijo la mamá de Luca finalmente con un suspiro—. Yo llevaré a los demás chiquillos a casa y tú puedes quedarte con Félix y Luca. ¡Pero no se demoren! Sabes que los niños necesitan su descanso.

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Luca, su primo Félix y su papá esperaron en la cola por lo que parecieron horas para ver al Ciclón. Luca estaba ansiosa por ver su legendaria máscara de cerca, y no podía creer que, hace pocas semanas, su mayor anhelo había sido interrogar al Señor Angélico sobre la máscara y el famoso luchador detrás de ella. ¡Ahora iba a conocer al mapache mismo!

 

Podía ver la punta de la cola del Ciclón asomarse por encima de la multitud de personas formadas cada vez que se agachaba para firmar un autógrafo o dar la mano. Al principio se preocupó que su papá los haría regresar a casa antes de llegar al Ciclón, pero pronto se dio cuenta, por cómo estiraba el cuello, que su papá estaba igual de emocionado que ella de conocer al famoso luchador.

 

Finalmente, Luca se encontró mirando a los ojos del Ciclón y su máscara de azul y oro radiante. De repente sintiéndose inexplicablemente tímida, se escondió detrás de Félix, y observó mientras su primo saludó al Ciclón y recibió su foto con autógrafo. Pero finalmente llegó su turno.

 

—Ho-hola, señor Ciclón. Soy Luca. Es... ¡Es un placer conocerlo! ¡Soy una gran admiradora! —dijo, luchando para contener su emoción, ofreciendo su pata con nerviosismo.

 

—¡Hola, Luca! —dijo el luchador con una sonrisa, estrechando su garra con vigor. Luca tardó un momento en volver a hablar, pero finalmente lo logró:

 

—Señor Ciclón... ¿Por qué las niñas no pueden luchar?

 

—¿De dónde sacaste esa idea? —preguntó el Ciclón, un poco sorprendido. Con una pequeña risa, añadió—: ¡Claro que las niñas pueden luchar! ¡Ahora hay luchadoras muy buenas en la capital! Se han vuelto la gran noticia.

 

El rostro de Luca se iluminó, lleno de emoción. El Ciclón continuó:

 

—Algo me dice que estás en vías de ser una estrella, pequeña. Pero debes saber, ser luchadora requiere mucho trabajo, no es nada fácil. Tienes que desearlo con todo el corazón, y dar tu máximo esfuerzo.

Luca asintió con la cabeza, pero no dijo nada. Se sintió a la vez consolada y un poco tonta, porque nunca había pensado lo mucho que alguien como el Ciclón habría tenido que trabajar para convertirse en una leyenda del ring.

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 —Tienes que desearlo con todo el corazón, y dar tu máximo esfuerzo.

Los animales detrás de Luca en la fila comenzaron a murmurar con impaciencia, y ella estiró su garra de nuevo para despedirse de su héroe.

 

—¡Creo que hay más gente que quiere conocerlo, señor Ciclón! ¡Gracias por hablar conmigo!

 

—¡Oye, espera! No te puedo dejar ir con las manos vacías, ¿verdad? —preguntó, buscando en el maletín que tenía a sus pies—. Mira, esto es para tí.

 

En su garra tenía una hermosa máscara nueva, con un diseño un poco diferente del que solía usar, en un color azul brillante. Tomando su pluma, la firmó por dentro y se la ofreció a Luca.

 

—¡Señor Ciclón! —exclamó Luca, sumamente sorprendida—. No puedo aceptarla, ¡es suya!

 

—No te preocupes, está bien —insistió el mapache—. La verdad es que ésta me queda un poquito ajustada. La vine a recoger a Deportes Angélico, pero no me queda. Martín dice que es porque me estoy haciendo viejo y gordo —dijo con una agradable carcajada—. Así que va a tener que hacerme otra. Tú te puedes quedar con esta.

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Mientras volvían a casa iluminados por las bellas farolas de gas, Luca estaba conmocionada, abrazando su nueva máscara con fuerza, negándose al intento de Félix, medio en broma, medio en serio, de cambiársela por su foto autografiada.

 

Al llegar a casa, la emoción del día y el cansancio de los exámenes finalmente se hizo sentir. Los ojos de Luca casi se cerraban mientras la abuela la metía en la cama.

 

—¿Así que el chiquillo de Angélico te dijo que las niñas no pueden luchar? —preguntó la abuela con suavidad.

 

—Sí… —admitió Luca con tristeza, sin siquiera preguntarse cómo era que la abuela lo sabía. La abuela siempre sabía todo.

 

—Chiquillo tonto... celoso y vanidoso. Los chicos así siempre creen que saben lo que otros pueden o no pueden hacer, tú no te preocupes por eso.

 

—¡Pero es muy buen luchador! —insistió Luca—. ¿No crees que tal vez tenga razón?

 

—No, no lo creo —respondió la abuela con toda calma—. Cariño, algo que tienes que recordar es que todas nuestras opiniones tienen una historia detrás de ellas. La gente forma sus opiniones basándose no solamente en los hechos, sino en sus creencias, su fe... y a veces incluso sus miedos. En ese sentido, nuestras opiniones son también pequeñas confesiones. Cuando Diego te dice que las niñas no luchan, te está diciendo más sobre sí mismo que nada. ¿Me entiendes?

 

—Creo que sí...

 

—Depende de tí, solamente, valorar o ignorar las opiniones de otros. Tu querido abuelo, que en paz descanse, podría decirte mucho al respecto.

 

Luca asintió sin decir palabra.

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—Buenas noches, Luca.


—Buenas noches, Abuela.

Casi de inmediato, Luca se quedó profundamente dormida, sus manos aferradas a la máscara, su corazón palpitando lleno de renovada motivación. Soñó esa noche de su futuro como luchadora.

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